
Terremoto en Haití: ¿mala suerte o injusticia crónica?
En muchas ocasiones, al llegar a pueblos o comunidades inhóspitas y muy aisladas o a áreas muy inseguras de zonas urbanas (márgenes inundables de ríos, laderas inestables) en algunos países en desarrollo, y al descubrir allí cómo algunas personas se empeñan en vivir en condiciones pésimas, sobre una tierra estéril que nada produce, donde periódicamente ocurren desastres que diezman a una población exhausta, que malvive sin ningún servicio público o privado (luz, agua mejorada, escuela, abrigo, salud, justicia), en situación de gran asilamiento y sin nada, ni siquiera un poco de esperanza de que algo bueno pueda ocurrirles, uno tiene la tentación de preguntarse: “¿Y por qué insisten en vivir aquí? ¿Qué les puede atar a un lugar, y a una vida, tan miserables? ¿Por qué no se van a otra parte?”.
Pero cuando se analiza por un segundo el contexto en el que todo eso ocurre y se vuelve a constatar que la injusta realidad que les atrapa está por encima del tiempo y el espacio, se llega a concluir, sin mucho esfuerzo, que sin duda están allí porque no pueden vivir en otro sitio. Quizás porque sea el único lugar del que nadie les va a echar nunca porque a nadie le interesa esa tierra en que malviven (o ese lodazal empinado y peligroso en las afueras de una gran urbe) y porque, posiblemente, en ninguna otra parte les dejarían vivir tranquilos.
Cuando el día 12 de Enero de este año comenzaron a llegar las primeras noticias del terremoto que había arrasado la capital de Haití y otras zonas del país produciendo una catástrofe humana de incalculable magnitud, en ese momento, casi instintivamente comenzaron a brotar en la mente de muchos esas mismas preguntas para encontrar, con rapidez, idénticas respuestas: “Los haitianos que murieron y los que no lo hicieron pero perdieron lo poco que tenían, seguramente estaban ahí porque no podían estar en otra parte”.
Eso parece cuando comprobamos que de los aproximadamente 10 millones de habitantes que tiene el país, más de un millón y medio viven fuera, la mayoría en Estados Unidos. Se da la conocida y terrible circunstancia, común a otros países pobres, de que la mayor parte de los profesionales y técnicos han emigrado, de tal manera que cuando sucedió, hace unos días, tan tremenda sacudida sísmica, casi 500 de los poco más de 2.500 médicos que trabajan de forma estable en Haití eran cubanos. Forman parte del contingente de la cooperación internacional que la mayor de las Antillas tiene destacado en este castigado país de manera permanente.
Este fenómeno brutal que nos sobrecoge no hace más que sumar desgracia y calamidad a la injusta situación de un pueblo cruelmente castigado por la historia y por la naturaleza. Otros países, algunos ricos como Japón pero también más modestos como su mencionado vecino Cuba, soportan furibundos ataques de la naturaleza con un resultado en pérdida de vidas humanas mucho menor. Y por ello muchos sepreguntan: ¿se trata de verdad de una tierra maldita? ¿Es posible que, como ha concluido el pensamiento unánime al conocer las noticias, todo esto sea debido a la mala suerte que arrastra, como un castigo bíblico, este pueblo?
Posiblemente no, y por encima de la incontenible y reiterativa fuerza natural, de la que tenían recientes noticias en aquél país ya que sólo en 2008 dejó más de 700 muertos tras el paso de varias tormentas tropicales, se distinguen otras causas que han colaborado, en este caso de manera extraordinariamente eficaz, en que la desgracia haya alcanzado cotas tan descomunales. En la base de que las consecuencias de estas catástrofes sean tan brutales en ese país está la pobreza en la que subsiste una gran parte de la población. Es el factor que con mayor nitidez determina la gran vulnerabilidad a que están sometidos los haitianos ante cualquier evento natural o inducido. Es cierto que la fuerza del fenómeno sobrepasó todo lo imaginable, y que cayeron edificios supuestamente tan sólidos como la casa presidencial, la catedral de Puerto Príncipe o la propia sede de las Naciones Unidas, pero no lo es menos que la mayor destrucción se registró en los populosos e insalubres suburbios de la capital, como Cité Soleil, donde las construcciones son muy endebles y la población, muy pobre, murió atrapada dentro de sus casas cuando estas colapsaron por el temblor.
Según los datos más recientes más de la mitad de la población haitiana vive con menos de 1 $ al día, el 40% es analfabeta, 4 de cada 10 no tienen acceso a agua en condiciones, el 22% de los niños menores de 5 años están desnutridos y el 10% más rico de la población atesora 55 veces más riqueza que el 10% más pobre. No son insignificantes estos datos porque tras el terrible impacto y la gran mortandad que se produjo, los auténticos problemas están por llegar, afectarán tanto a heridos como al conjunto de la población y sus consecuencias para ellos serán mayores en la medida en que sus condiciones basales, previas a la catástrofe, fueran más precarias. A menor capacidad para afrontar las situaciones extremas que tendrán que vivir a pesar de la ayuda internacional más probabilidades de no sobrevivir a este embate.
El justo análisis histórico de la realidad nos aleja también de situar en la mera fatalidad la extrema pobreza de este pueblo. Al expolio colonial, le ha sucedido un muy sutil aunque implacable también, sistema de explotación comercial. Así, por ejemplo, en los últimos años los campesinos haitianos han abandonado los campos cansados de comprobar cómo el arroz que producen no puede competir con el que llega de Estados Unidos, que se vende mucho más barato en los mercados de Puerto Príncipe o de Gonaïves porque su producción y su posterior importación está protegida por el sistema de aranceles y subvenciones a la agricultura en su país de origen. Esas poblacione son ls que llenan los suburbios de Puerto principe que se instalaron a vi vir como pudieron, esa es la población de cite soleili
Por eso hasta el día del desastre más del 60% de los alimentos que consumen los haitianos se importaba, haciendo a este país completamente dependiente del mercado internacional. La colaboración necesaria y cómplice con este saqueo permanente de una élite clientelar y corrupta que atesora riquezas inmensas mientras la mayor parte de la población vive en la miseria, está también en la base del subdesarrollo y la pobreza secular de Haití. Nunca dudaron en apoyar regimenes tiránicos si eran propicios a sus intereses, como en el caso de los Duvalier, o en sustituir por la fuerza líderes electos cuando les vino en gana o dejaron de servirles.
Mala suerte es, sin embargo, que el mundo se vuelque en Haití sólo cuando acontece una calamidad aguda como esta y se olvide de ese país el resto del tiempo, es decir siempre, cuando la desgracia crónica se cierne, constante, sobre la vida de la gente. Esta manera de comprender el mundo a golpe de imágenes descarnadas en los telediarios es otra gran injusticia que se comete con los países en desarrollo a los que se ignora cotidianamente en su precaria realidad. El mundo opulento y sus poderosas empresas multinacionales de comunicación quedan retratados así en su insensibilidad y en sus auténticos intereses.
Porque la verdad es que un día antes de este desastre la situación de millones de personas era, allí, también crítica y desesperada. Nada comparable con el terrible sufrimiento de quienes murieron o lo perdieron todo por el terremoto, lo poco que tuvieran, especialmente si fueron sus seres queridos, pero su necesidad extrema o la inseguridad en la que vivían era invisible a los ojos del mundo. La Ayuda Humanitaria, ahora y por algún tiempo, llega y fluye y es importante plantearla en sus justos términos. Primero, como un derecho de la población haitiana tan castigada por la historia y por las desiguales relaciones internacionales, tanto económicas, como políticas y de poder. Después se hace necesario solicitar a países, entidades multilaterales y donantes particulares que sean serios y rigurosos y que la ayuda que ahora prometen, acabe llegando finalmente y no se quede en agua de borrajas. Experiencias recientes, como la prometida ayuda a la población afectada por el huracán Mitch en Centroamérica en 1998, en la que se depositó una gran esperanza de progreso y desarrollo sostenible para esa región, no permiten ser muy optimistas, ya que llegó en cantidad muy mermada sobre lo ofrecido y lo invertido no tuvo el impacto esperado. Por eso es de vital importancia que ese esfuerzo internacional produzca el mayor efecto posible en quienes lo necesitan, por lo que debe llegar con nitidez y suficiencia a quienes tienen más problemas.
Se debe insistir a todos los actores que intervienen en la ayuda que es preciso, además, tener una visión a medio plazo, porque las necesidades de la población serán cuantiosas y duraderas. En ocasiones el impulso de intervención masiva en los primeros momentos tras el desastre convierte la ayuda en poco eficaz y desborda, en general, las propias capacidades locales y foráneas de gestionarla adecuadamente.
Por último se hace necesario afrontar el proceso de reconstrucción con cierta visión de futuro mejorando en lo posible la prevención de desastres venideros en un territorio tan castigado, invirtiendo los recursos precisos, por ejemplo, en construcción de viviendas sólidas con sistemas anti-sísmicos y bien preparadas para soportar los frecuentes ciclones o formando a la gente en medidas útiles para afrontar riesgos futuros.
Si en este contexto de buenas intenciones se pusieran en marcha auténticas políticas de reducción de la pobreza impulsadas por la propia ayuda internacional y se garantizase una decidida lucha contra la corrupción, el beneficio para la población y su capacidad para soportar el próximo ataque de la naturaleza serían mucho mayores.
Pilar Estébanez y José Manuel Díaz Olalla.
Febrero 2010
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios










